miércoles, 22 de marzo de 2017

Volando en globo aerostático en Cappadocia [Kapadokya]






Hoy Facebook me avisó que hace dos años estaba volando en globo aerostático en Cappadocia, Turquía, y me acordé que debo este post hace siglos. Allá lejos y hace tiempo escribí dos [1 y 2] entradas con información muuuuy general sobre Turquía, y debía al menos hacer esta tercer publicación sobre el destino. Sí, sé que las cosas en Turquía están picantes a comparación de cuando yo viajé, pero también lo están en Francia y la visité dos veces desde el primer atentado. "La seguridad" de los países es un tema que da para debatirse largo y tendido, y dejaré para más adelante. Vamos con Cappadocia:




lunes, 20 de marzo de 2017

La relatividad de la distancia y el tiempo

Vengo caminando por la 9 de Julio. Refresca de repente. Cae una gota. Dos. Tres. Se larga la tormenta.

Corro hasta abajo del techo del cine. Hay algo muy agradable en esta lluvia copiosa en la Habana, pero como el viento está frío, prefiero ponerme a resguardo del agua. Pago la entrada y entro al cine. Las butacas no son cómodas y la pantalla tiene unas líneas raras, pero la experiencia me encanta. La gente mira al frente muy atenta, muchos de ellos muy arreglados, mientras yo estoy con la ropa y el pelo pegados a mi, chorreando agua. La película es muy dramática, hay una muerte, una herencia -si mal no recuerdo-, un amor interracial controversial, gente gesticulando exageradamente, y de fondo la tormenta. Diegética, sí, en la realidad de los personajes también llueve a cántaros.





Llego a la esquina de la Alianza francesa, justo antes de doblar en Avenida Córdoba. Todavía no paró de llover, la gente se acumula abajo de los techitos hace como media hora. En un principio pensé "es solamente agua" y me mandé. Ahora creo que estaría más seca si me hubiera tirado adentro de una pileta. Entro al edificio, subo las escaleras corriendo, me meto en el baño, me saco la remera, la escurro en la pileta y me la vuelvo a poner, medio kilo más liviana. Me ato el pelo, agarro unas toallas de papel, me las paso por la cara y los brazos, y entro a clase. La pregunta que me toca responder es cuál fue la mejor salida que recuerde. Totalmente en blanco, menciono mi último cumpleaños, los dos días que pasé en París. Tengo que describirlo. Recuerdo vagamente el estar caminando, con bastante frío, a lo largo del Sena (¿O era en la Quinta avenida en Nueva York?). Entrar a ¿almorzar? ¿merendar? ¿cenar? a un restaurante sirio, donde el dueño, cuando le mencioné que era mi cumpleaños, me regaló un postre, té y un frasco de mermelada. Champs Elysées está decorado de navidad. La Quinta avenida también. Con mi mejor amiga estamos adentro de Ladurée, pedimos un té y unos macarons. Al grande le puse la velita que tenía en la cartera, soplé, y al igual que el año anterior en Magnolia Bakery, pedí tres deseos.



Me pasa seguido que una situación me transporte a otra. Estar en una esquina esperando a cruzar, entre el caos y las bocinas, cerrar un rato los ojos para descansarlos, y acordarme de haber hecho exactamente lo mismo, sintiéndome igual, enfrente del Macy's. También en Londres, camino al subte. Taxis amarillos, taxis negros, y taxis combinados amarillo y negro. Año nuevo con la cuenta regresiva en México, en Milán y en Tilcara. El olor a incienso en la calle Florida, en las mezquitas en Ankara, en las iglesias católicas de Cuzco, y en la fiesta de la Alasita en Bolivia. Es como si el tiempo se desdoblara y todas estuvieran pasando al mismo tiempo, en un espacio único. Lo increíble de viajar es que uno empieza a desarrollar una percepción distinta de las distancias: nada está tan lejos realmente si uno puede subirse a un avión y despertarse allá. Y por qué no, del tiempo: quizás varias cosas de éstas estén pasando en simultáneo, y continuando en realidades paralelas. 


Ojalá mi "yo" que se quedó en Cuba esté comiendose un helado de Coppelia.